miércoles, 5 de septiembre de 2012

De las metas a largo plazo y el esfuerzo necesario

Siempre hemos escuchado acerca de proponerse metas, ya sea económicas, profesionales, escolares, deportivas o de cualquier tipo. Recuerdo a mucha gente mencionar esos temas desde que era yo un niño y de eso hace ya mucho tiempo. Nos decían de lo bien que nos sentiríamos cuando alcanzáramos las metas, de esos sentimientos de orgullo, de satisfacción, de alta autoestima; lo malo es que nadie nos decía de lo mucho que tendríamos que luchar por ello, de las cosas a las que debíamos renunciar, del tiempo que debíamos invertir, de todos esos sacrificios que en verdad no estábamos dispuestos a hacer y que de haber sabido que era tan difícil hubiéramos renunciado desde el primer instante. Es como si nos hubieran estafado de lo más fácil con palabras bonitas. Sin embargo si en vez de renunciar, seguíamos adelante, aprendiendo de cada paso dado y reconociendo pequeños logros que por muy pequeños que fueran al colocarlos todos juntos significaban un salto muy grande de donde estábamos al inicio, entonces empezábamos a entender el verdadero significado de la meta, del trabajo y del esfuerzo.

Quizás esto suene mucho a historieta cómica o parezca sacado de una película, así que lo trataré de poner en una perspectiva que pueda entenderse mejor.

Crecí en un lugar y una época libre del internet, dejo esto para que los de esa generación lo entiendan aunque suene a la edad de las cavernas para los más jóvenes. Regresando a la historia, como todo niño cada vez que veía un árbol, pensaba en la oportunidad de escalarlo, veía una escalera y quería subir por ella, veía una colina y pensaba en como sería la vista de ese lugar tan alto, para un niño una altura de 1 metro es una montaña, veía una bicicleta y me imaginaba a toda velocidad sobre ella aunque en ese momento no supiera como conducir una.

Cuando íbamos de paseo, ya cansado de caminar hacia la famosa pregunta “¿ya vamos a llegar?” o “¿falta mucho? Estoy cansado”, sin embargo cuando al final llegábamos a nuestro destino, era como si por arte de magia se me olvidaba el cansancio y empezaba a correr a caminar a jugar futbol con los demás del grupo y explorar todo el lugar, lleno de nueva energía . ¿Les suena conocido esto?

Cuando aprendí a conducir en bicicleta lo hice sin guantes, casco, rodillera, coderas y todas esas protecciones que conocemos hoy, recuerdo aún, pero ahora con una sonrisa y no con dolor, las tantas veces que choque con el posteado eléctrico, con autos que estaban parqueados, contra la pared, de las caídas, raspones y golpes. Después de una acumulación de experiencias gratas y no gratas, logré conducir bicicleta, no faltó un par de veces que fui al trabajo en bicicleta recorriendo más de dos horas desde mi casa al trabajo, conduciendo por la ciudad enfrentándome al tráfico.

De esta habilidad puedo mencionar la satisfacción que sentimos cuando empezamos a hacer escaladas en bicicleta, vemos una pendiente y aunque tenga solamente 100 o 200 metros de largo, nos parece como si fuera una gran montaña. La primera vez que lo intentamos no alcanzamos la mitad de la pendiente, ¿pero acaso nos damos por vencidos? ¡Claro que no! Seguimos intentándolo una y otra vez, sentimos que las piernas están a punto de explotar, nuestras manos parecieran que quieren arrancar el timón, vamos sudando como una fuente de agua, vemos el final de la pendiente y pensamos que estamos tan cerca, que falta poco y cuando nos empiezan a fallar las fuerzas, recurrimos a la legendaria estrategia de conducir en zigzag, cuando alcanzamos la cima, cuando damos ese último empujón sobre el pedal, pasamos de dar todo lo que tenemos en ese último esfuerzo a de pronto pedalear sin ningún esfuerzo en la cima de la pendiente, en la cima de la colina, experimentamos una sensación de satisfacción que miramos hacia abajo de la pendiente y pensamos que valió la pena el esfuerzo, nuestra respiración se relaja y disfrutamos de la vista dese la cima.

Valió la pena el caerse muchas veces al aprender a manejar, valió la pena el seguir manejando, valió la pena el intentar alcanzar la cima sin lograrlo porque cada vez fue un entrenamiento y cada vez llegamos un poco más alto que la anterior, valió la pena, ¡SI!. Pero y ahora que alcancé la cima ¿Qué? Desde ese punto vemos otras cimas más altas a nuestros alrededores y no me dejaran mentir, nos propusimos la meta de subirlas también.

Muchas veces hemos olvidado ese niño que no se dió por vencido hasta alcanzar la cima de la colina y lo hemos reemplazado por un adulto que al menor problema abandona la lucha. Nunca dejemos de proponernos metas, a corto, mediano o largo plazo, cuando luchamos por ellas nos convertimos en mejores personas y aprendemos cosas de nosotros mismos que no sabíamos que éramos capaces de hacer.

En otra ocasión escribiré mas de este tema.

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