lunes, 9 de septiembre de 2019

El día que salí de Guatemala, hace 10 años.


Las últimas horas en casa


Era la madrugada del sábado 5 de septiembre de 2009. Estaba sentado en la sala de mi casa esperando que llegara mi tío, el siempre llegaba antes de la hora. Si decía iba a llegar a las cinco, entonces lo más seguro es que llegaría a las cuatro o cuatro y media.

La noche anterior había hablado con mis padres, les pedí perdón por cualquier palabra, gesto o acción que hubiera dicho o hecho que les haya lastimado u ofendido. Les dije que quería aprovechar esa oportunidad para irme con el corazón limpio, con el alma limpia, para no tener ningún tipo de remordimientos en el futuro. Oramos juntos y nos dimos un gran abrazo. Me dieron su bendición y los mejores deseos. Después llegó mi hermano a casa y también hice lo mismo con él. Nos fundimos en un abrazo como nunca lo habíamos hecho.

Justo como lo había pensado, mi tío llegó a las cuatro y media. Venía en una camionetilla tipo microbús acompañado de dos de mis primos. Uno de ellos me dio de regalo un sombrero negro de piel.



Con una mochila y dos maletas, salí de casa. No sin antes despedirme de mi perro, Coqui, es la forma en que se le dice a alguien que se llama Jorge. Él siempre me esperaba en la puerta de casa al llegar de trabajar. Era un ritual salir a caminar un poco más de una hora todos los domingos. Le di un abrazo esperando que pudiera entender lo que le estaba diciendo, que lo quería y que lo iba a extrañar. Que esta vez, no iba a regresar a jugar con él, ni lo sacaría a caminar el siguiente domingo. Nos vimos a los ojos por unos instantes y me despedí con otro abrazo.



En el camino al aeropuerto, mi hermano se prestó a ayudarme con mi mochila. Sin darme cuenta, metió en ella un sobre con cuatro notas y una foto de su familia. Tanto él como sus tres hijos habían escrito a mano unos mensajes de despedida. Encontré las notas al subir al avión y no pude dejar de derramar lagrimas al leerlas. Las he atesorado con todo mi corazón. Guardo las notas en una caja, en el mismo sobre donde las metieron, la foto nunca se ha apartado de mi escritorio, la veo todos los días.

En el aeropuerto

 
Llegamos al aeropuerto cuarenta y cinco minutos después. Ya rayaba el alba. Todo parecía un sueño, no podía creer que estaba a punto de dejar Guatemala para irme a una tierra muy lejana. Había luchado por esta oportunidad y llegado el día, parecía tan irreal.

Después de parquear la camionetilla, estuvimos conversando un poco, me dieron sus mejores deseos y felicitaciones por la aventura que iba a empezar, nos tomamos fotos, nos dimos abrazos, besé a mis padres. Hubo lágrimas y risas.



Nos dirigimos a la puerta del aeropuerto, una puerta que debía cruzar solo. Eran solamente uno pasos los que me separaban de dicha puerta. Tan pocos y tan pequeños, pero tan grandes en significado. Después de un último adiós y miradas encontradas, crucé la puerta rápidamente como queriendo saber si era real el otro lado de ella. Volví la mirada y me despedí con un gesto de mi familia. Una puerta de cristal y todo un mundo nos separaba. Salí de Guatemala a las siete y cuarenta y cinco de la mañana.

Llegando a Taiwán

 
Fueron veintidós horas de viaje desde Guatemala a Taiwán. No hubo nadie de la universidad ni la embajada esperándome. Pero allí estaban tres amigos que habían llegado en los años 2007 y 2008. Nos habíamos conocido en Guatemala. Finalmente había llegado a Taiwán, eran las ocho y diez de la noche del domingo 6 de septiembre de 2009.






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